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10 SESGOS COGNITIVOS EN ARQUITECTURA

Los sesgos cognitivos son efectos psicológicos que nos llevan a tener una visión distorsionada de la realidad y que nos hace tomar decisiones erróneas o ilógicas. Es decir, nuestra subjetividad es muy grande y además, queramos o no, tomamos muchas más decisiones irracionales de las que nos creemos.

Todo esto sin entrar en que muchas de las decisiones que pensamos que tomamos de manera razonada las hemos decidido previamente de manera emocional.

Sobre el tema de los sesgos cognitivos se ha escrito mucho, pero estaría bien que lo enfocásemos desde nuestro particular mundo arquitectónico. ¿Nos acompañas?

El padre de los sesgos cognitivos, tal como hoy los conocemos, es Daniel Kahneman quien a principios de los años setenta se dio cuenta que mucha gente tenía dificultades en razonar a partir de ciertas cantidades numéricas. Así, fueron analizando patrones en los que la parte racional quedaba fuera de juego y, por ello, se tomaban decisiones erróneas. De esta forma, también apareció la heurística que, como veremos más adelante, da lugar a procesos intuitivos que no son fiables y, nuevamente, dan lugar a errores sistemáticos. Pero, para entender mejor de qué va esto de los sesgos cognitivos, lo mejor es que vayamos con los que nos han parecido los 10 más importantes*.


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1. El exceso de información

Conviene remarcar que nuestro cerebro, por pura supervivencia, no tiene en cuenta todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Va tomando la información que considera más valiosa en función del momento en que nos encontramos. Esta habilidad de usar atajos mentales (heurística) en el día a día suele venirnos muy bien. Eso sí, la habilidad para sopesar qué información es verdaderamente relevante o no es un punto a trabajar y puede ser determinante a la hora de tomar decisiones importantes. Cuando, por ejemplo, una mujer queda embarazada, lo único que ve es más mujeres embarazadas cuando antes le pasaban desapercibidas.

Así, los arquitectos tenemos la gran cualidad de ser capaces de hacer una lectura muy compleja de lo que ocurre para dar una solución muy sencilla como lo es un proyecto de arquitectura. Es decir que, aunque lógicamente —y por suerte— no somos capaces de tener en cuenta todos los factores que existen cuando se presenta un encargo, sí que sabemos leer muy bien el contexto.

A su vez, relacionamos con bastante tino ideas o situaciones que aparentemente no tienen tanto en común y todo esto hace que un proyecto de arquitectura en un momento dado sea un gran tesoro.

2. La maldición del conocimiento

Una vez que adquirimos un conocimiento, en general, nos cuesta ponernos en la piel de quien no lo tiene; es decir, no somos demasiado empáticos.

Sin embargo, no nos conviene dar nada por sentado. Mejor tomarnos nuestro tiempo para entender todas las posturas.

Así, es evidente que los arquitectos sabemos mucho de arquitectura, pero no es tan evidente que sepamos comunicarnos con quien es (o debiera ser) nuestro principal interlocutor. Nos  cuesta hablar para el común de los mortales y tendemos a escribir y hablar para otros arquitectos (más sobre el tema por aquí).

De hecho, si miramos la mayoría de blogs de arquitectura, sólo son digeribles por otros arquitectos. Por suerte, aparecen caras nuevas en el panorama que consiguen domesticar el lenguaje y hacerlo sencillo para los “no arquitectos”, como por ejemplo Ter en este vídeo.

3. El efecto Dunning-Kruger

Por el cual una persona se siente más inteligente de lo habitual o lo contrario. Y, sinceramente, sobre todo a ciertos niveles, donde el ego de los arquitectos estrella está bien subido, creemos que pasa más a menudo de lo que sería deseable.

También, en la carrera de arquitectura —por la presión de muchos malos profesores— puede pasar que un alumno bien capaz, sienta que no vale para esto de la arquitectura cuando la realidad es bien distinta.

En este sentido, aunque es cierto que los arquitectos estamos muy bien preparados y además podemos hacer cosas tan dispares como calcular una viga o hacer un planeamiento urbanístico, más de una vez pensamos que estamos más capacitados de lo que realmente estamos.

Si hemos hecho un edificio de cuatro plantas estaremos predispuestos a pensar que uno de veinte no será tan complicado. O si estamos medianamente puestos en temas de eficiencia energética, probablemente no rechacemos un encargo que se plantee con premisas de sostenibilidad extrema.

A su vez, tenemos propensión a pensar que nuestros planes se cumplirán al dedillo y, como bien nos avisa el experto en productividad José Miguel Bolivar, esto no es así:

 

(…) Uno de estos sesgos cognitivos es lo que se denomina «falacia de la planificación» y que, en su forma resumida, se traduce en que tendemos a subestimar la complejidad de lo que tenemos que hacer y el tiempo necesario para hacerlo, a la vez que sobrestimamos nuestras propias capacidades.

4. El sesgo de la previsión o de la retrovisión

Aunque nos parezca mentira, las personas somos muy malas previendo lo que va a ocurrir. Nos dejamos llevar por una intuición que normalmente no es tan fina como nos gustaría y no tenemos en cuenta muchos factores colaterales.

Los estudios de arquitectura muchas veces tienden a funcionar a sentimiento en vez de pararse y tener una estrategia clara que les ayudaría a tomar decisiones mucho más sanas para el buen funcionamiento de su organización interna y también de su economía.

Además tendemos a pensar que cuando algo ocurre, lo que sucede es lo que nosotros habíamos previsto. El típico “Ya te lo dije yo” no suele ser cierto o, por lo menos, no tan claramente como nos parece.

Como bien nos cuenta la psicóloga experta en Gestalt y PNL Maite Gutiérrez en su post “La ciencia del ya te lo dije yo”:

 

(…) Otro experimento se llevó a cabo en la Universidad de Leicester (Inglaterra)  donde la mitad de un grupo de estudiantes tenían que valorar como verdadero o falso el proverbio “El miedo es más fuerte que el amor” y la otra mitad “El amor es más fuerte que el miedo”. La mayor parte de ambos grupos lo calificaron como verdadero.

5. El sesgo defectuoso o del punto ciego

Aquí encajaría el refrán de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. Y sí, los arquitectos tenemos muchas virtudes pero la humildad y la contención no suele ser una de ellas. Tendemos a criticar y a echar a los leones a otros compañeros, mientras pensamos que nosotros somos la bomba.

También, en muchos estudios de arquitectura quien lleva la voz cantante suele pensar que los fallos que se van cometiendo en su estudio son siempre culpa de la gente que trabaja para él, en vez de asumir su responsabilidad y ver de quién era el error realmente.

Si a esto le sumamos cierta inclinación a disimular nuestras meteduras de pata, incluso si somos conscientes de que la hemos liado, la suerte está echada.

¿Qué podría salir mal con tanto realísimo y autocrítica?

Y lo peor es que estas actitudes no nacen de la nada; en muchos casos se fomentan en la carrera. Evidentemente, estamos generalizando y entre nosotros habrá de todo, pero algo de razón creemos que llevamos.

De hecho, no darnos cuenta o negar nuestros propios sesgos ya es un sesgo cognitivo en sí mismo.

6. El efecto del encuadre

Una misma información explicada de una forma o de otra, da resultados totalmente opuestos. Así que, cuando pasamos al cliente la propuesta de honorarios, debemos saber que unos mismos honorarios contados de una forma o de otra, pueden ser aceptados o no. No se trata de manipular la información; se trata de, precisamente, lo contrario, acompañar nuestros números de las mejores explicaciones posibles para justificar su cuantía.

Es más, cuando un cliente da por hecho que lo que ha de elegir es la opción más económica, en vez de valorar muchos otros factores, también está incurriendo en un sesgo cognitivo, pues ese criterio de elección precisamente le puede costar muy caro.

A su vez, tendemos a pensar que los cambios son malos y no nos gusta salir de la zona de confort; sin embargo, la realidad es bien distinta y cuando damos un paso al frente y nos planteamos una evolución es cuando aparecen nuevas oportunidades antes ni siquiera vislumbradas. En este sentido, solemos dar más importancia y credibilidad a los percances que a todo lo que hacemos bien. Nuevamente, esta distorsión de la realidad nos aleja de tomar decisiones valientes que nos darían muchas más alegrías que los comportamientos miedosos y superseguros de siempre.

En este sentido hay otro sesgo que viene a ser un primo del “efecto del encuadre” y es  “el efecto anclaje”.

Aunque a nadie nos gusta que nos regateen los honorarios, la gente quiere mover el número inicial. Muchas veces, alguien está dispuesto a pagar 80 € siempre que haya podido bajar de 100 a 80 —cuando jamás se plantearía pagar directamente 80 si no hay negociación posible—.

Cuando whatsapp quiso cobrar 1 € a cada usuario, se vio como una estafa, pero no porque fuera caro, sino porque el precio anterior era cero.

Así que, esto nos recuerda que si habituamos a nuestros clientes a que una parte del proyecto es gratis luego no va a ser fácil explicarles que eso también tiene precio.

7. El sesgo de confirmación

Tendemos a querer oír a gente que opina lo mismo que nosotros; de manera que, nuestros planteamientos salen reforzados después de la conversación.

En este caso, si tenemos una línea de trabajo muy concreta y nos llega un “cliente difícil”, conviene estar atentos para abrirnos a nuevas posibilidades que quizás por nosotros mismos no nos hubiéramos planteado.

A su vez, puede que mostremos una propuesta dando por hecho que el cliente rápidamente la verá como nosotros y muchas veces, por este exceso de confianza, no la acompañemos de las explicaciones oportunas.

En este sentido, hay otro sesgo cercano a este que es el sesgo de “efecto halo” por el cual identificamos una parte con el todo. Es decir si pensamos que alguien es un gran arquitecto, quizás también nos dé por pensar que es muy inteligente y quizás hasta buena persona. En sentido inverso también funciona; es decir, vemos que una persona hace algo que nos molesta y, automáticamente, no queremos saber nada de él o ella, dando por hecho que esa persona no nos interesa. Por ello, es importante no dar pie, con nuestra presencia en la red, a una opinión negativa cuando un posible cliente se acerca a nosotros.

8. El sesgo de recompensa inmediata

Tendemos a saltarnos la dieta y zamparnos el bollo de turno aunque sabemos que no nos conviene. Es un comportamiento ilógico que nos hace tomar decisiones muy malas para nuestro negocio. ¡Ahh, que tu estudio de arquitectura no es un negocio…! Bueno, como veas, pues para tu oficina.

Si por ejemplo, hemos decidido que a un nivel estratégico  ya no nos conviene seguir haciendo certificaciones energéticas y nos tenemos que centrar en hacer reformas, esto debiera ser un mantra inexpugnable.

La realidad suele ser diferente y es probable que cuando aparezca la próxima certificación, al final, la sigamos haciendo pensando que no pasa nada por una más y que no era tan importante la decisión de partida. Pero mientras volvemos a tropezar con la misma piedra, nos alejamos cada vez más de nuestro objetivo. Por ello, conviene tener una estrategia muy clara y ser consecuentes con ella. La estrategia es el plan a medio o largo plazo y la táctica es lo que nos ayuda a resolver los problemas del día a día. Cuanto más alineadas estén táctica y estrategia, más fácilmente llegaremos a nuestros objetivos.

9. El efecto de arrastre

Esto pasa a muchos clientes. Como todo el mundo tiene “casas normales”, les cuesta mucho plantearse que un gran ventanal, una cubierta plana o un hueco horizontal puedan tener sentido. Lo cual nos lleva a tener que esforzarnos mucho para explicar las ventajas de algo que para nosotros casi pueda ser evidente.

Tendemos a tener demasiados prejuicios y nos cuesta salir de ellos. También ocurre que, sin saber por qué, pensamos que un cliente es de una forma de ser determinada y damos por sentado que no le podremos proponer ciertas cosas; nuevamente, estas ideas no son tan finas como pensamos y nos perdemos muchas oportunidades por no conocer bien a nuestro cliente.

Mejor preguntar e investigar que presuponer por primeras impresiones.

10. El sesgo de la verdad ilusoria.

Una mentira por mucho que se repita mil veces como verdad, aunque nos lo termine pareciendo, no deja de ser lo que era en un principio. Solemos dar más valor a lo que muchos piensan que a datos objetivos que nos harían tomar una determinada decisión. Por eso, plataformas como booking son tan populares, nos fiamos mucho de lo que muchos valoran como positivo. 

En este sentido, nos puede pasar que demos por hecho que según qué arquitectos son la bomba simplemente porque sus proyectos se publican en todos los sitios en vez de pararnos a analizar su arquitectura realmente.

Es más, el mundo 2.0 está muy bien pero nos lleva a dar por sentadas demasiadas cosas y a profundizar muy poco en algunas de ellas.

Cada vez se viaja menos de manera reposada para ver, entender y disfrutar de la buena arquitectura. Los fuegos de artificio son el pan nuestro de cada día y, por desgracia, quien tiene la foto más molona y sabe moverse mejor por las redes es quien se lleva el gato al agua. Con esto no decimos que no sea importante el envoltorio, pero no podemos olvidarnos de que donde la arquitectura se la juega es en el contenido.

¡Ah! y el sesgo de “subirse al carro” va muy relacionado con lo que estamos hablando en este punto.

Como explica Jaime Rubio en su post Guía para luchar contra tu cerebro: los sesgos cognitivos

“¿Cuál de las tres líneas de la derecha mide lo mismo que la de la izquierda?

¿Es la C? ¿Y si otras seis personas dicen que es la B, seguirías pensando que es la C? Pues es bastante posible que cambies de opinión, por no llevar la contraria.”

………………………………………..

Así que, como vemos, nuestro cerebro hace de las suyas y muchas veces estos “atajos mentales”, nos van de maravilla, pero otras muchas nos pueden llevar a meternos en graves problemas. Desde el punto de la eficiencia personal, sobrevalorar nuestras capacidades casi siempre nos llevará a calcular mal tiempos de entrega y a trabajar con prisas y estrés.

En este sentido, no nos cansamos de recordar a nuestros alumnos de los cursos la importancia de medir el tiempo que nos lleva realizar cada actividad. Es mucho más fiable partir de datos que de suposiciones y no lleva tanto trabajo como parece.

En fin, que tendemos a pensar que la realidad es como nosotros la percibimos y esto es un fallo garrafal. Somos mucho más irracionales de lo que nos pensamos y, muchas veces, nuestra supuesta objetividad es mucho más subjetiva de lo que imaginamos.

La realidad, como siempre, es escurridiza y en nuestro particular mundo de los arquitec@s también.

Ya nos dirás cómo has visto el post y si te reconoces en alguno de estos sesgos. Quizás alguna vez te han jugado alguna mala pasada. ¡Cuenta, cuenta!

*Artículo inspirado en el genial vídeo de nuestro admirado Fefo: Sesgos cognitivos en publicidad

Autores del post: Stepienybarno _ Agnieszka Stepien y Lorenzo Barnó

Imagen de portada: 20 heurísticos y sesgos cognitivos

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4 COMENTARIOS
  1. Berta Liliana Brusilovsky

    Me gustaria comentar que algunos de los que denomináis “sesgos cognitivos”, son el modo en que las funciones neurologicas reciben, procesan y reaccionan ante impulsos que entran (son aferentes) por los sistemas sensoriales. Y se transforman en funcion de las estructuras de procesamiento cerebral (son eferentes). A veces se debe a como las neuronas visuales interpretan formas y colores y otras, muchas, debido a que las personas pueden tener algun tipo de afeccion que “transforma” lo que ven, aunque vean bien po su sistema visual aferente, pero luego no hay indxacion neuronal a partir de la entrada sensorial. Saludos.

  2. FranSumi

    Haaay nuestro amigo Dunning-Kruger se ve demasiado.

    A riesgo de reaplicar el sesgo, quiero señalar que con “la maldición del conocimiento”, habría que tener cuidado de no compensar demasiado en la otra dirección.

    La función del lenguaje técnico está clara y no es la de divulgar, pero prefiero un término medio entre lenguaje de calle y técnico. No se deberían eliminar por completo los términos técnicos, sino usar algunos (sobre todo si su concepto se parecen ya a su uso de calle) y añadir una sección de definiciones.

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