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CARTA DE UNA MAMÁ ARQUITECTA.

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Hacía mucho tiempo que no publicábamos nada en nuestra sección “cartas de arquitectos”. Así que, hoy por suerte, ponemos encima del tablero un tema de lo más importante: ser mamá arquitecta.

“Hace tiempo que tengo ganas de escribir, y hoy, por fin, me decido. No estoy acostumbrada a hacerlo; así que, mis palabras brotarán desde las tripas, desde donde he ido acumulando durante años sensaciones que a lo mejor con estas líneas ayudo a canalizar.

Vaya por delante que, en general, no soy una persona negativa; más bien, diría yo, todo lo contrario, pero hay temas que me hacen ver la realidad de tal manera que no dejan mucho espacio para el optimismo.

Me presento; soy arquitecta y tengo poco más de treinta años, los suficientes para haber trabajado desde tercero de carrera y ver un mundo que no me gustó ni un pelo. Mi experiencia como becaria fue, por un lado, gratificante por lo aprendido y la relación con mis compañeros, pero, por otro, vista con la perspectiva del tiempo, decepcionante al estar casi cuatro años sin ningún tipo de remuneración mientas hacía un trabajo cada vez más cualificado. Al mes siguiente de graduarme y plantear mi continuidad en el estudio, me dijeron que me querían mucho, pero que lo mejor era que buscase nuevos horizontes. Así que, ya se pueden imaginar, buen rollito para no liarla y hacer como que no pasaba nada. Por suerte, la crisis todavía no estaba cerca y encontré trabajo, aunque fuera de falsa autónoma en un estudio que no tenía mala pinta. Todavía era muy joven y la arquitectura corría por mis venas; 1000 euros al mes me permitieron tirar para delante y el trabajo que hacía estaba bastante bien.

También, aunque no es lo habitual, me dejaron ir a alguna obra; eso sí se suponía que tenía que dar ordenes al encargado, pero la realidad es que mientras yo hablaba el tipo, me miraba con cara de “tu eres una mocosa que no sabe lo que dices” y hacía lo que le venía en gana. Quiero creer que si hubiera sido un chico, me hubiera hecho el mismo caso, pero no lo tengo nada claro.

Hasta aquí, ni tan mal; lo malo vino con el estallido de la crisis y reajuste de salarios. Así, desde hace cinco años, mi retribución (lo que me quedaba limpio después de pagar la seguridad social y tal), era mínima y nos manteníamos con el salario de mi marido, por entonces felizmente panadero.

Aun con todo, hicimos de tripas corazón y nos lanzamos a por nuestro primer pequeñín. Tuvimos suerte y pronto quedé embarazada. Lo malo fue que, mi embarazo fue muy duro desde el primer momento y no podía trabajar como antes; pedí hacerlo a media jornada (ahora casi pagaba por trabajar), pero al quinto mes de embarazo tuve que abandonar el trabajo. Tal como están pensando,  ni baja maternal (en realidad, no tenía ni contrato), ni paro, ni nada parecido.

De todas formas, la ilusión por mi primer hijo hizo que no le diera muchas vueltas al tema y centrase mis fuerzas en que el embarazo fuera bien. Desde ahí, aprendí que mi misión en la vida, lo más importante que tenía que hacer, era cuidar a nuestro futuro bebé.

Tanto mi marido como yo, queríamos un parto lo más natural posible; el parto en casa, me daba miedo, pero me parecía una opción interesante. Aun así, creo que costaba más de 2.000 euros y nos lo quitamos de la cabeza, confiando en que la sanidad pública estaría bien.

Pero ya saben, los malditos recortes, la nula adaptación de hospital a los tiempos que corren y una jefa de médicos, que lo último que parecía era una mujer, hicieron que lo que tendría que haber sido el día más feliz de mi vida, se convirtió en uno de los más duros y decepcionantes.

Veía el paritorio y, por mucho que miraba, no veía por allá ni rastro de humanidad. Una habitación como otra más, sin ningún tipo cariño en su diseño. Ni una triste ventana bien puesta, ni una bañera; en fin.

Y ya saben, que si no vas al ritmo que los médicos esperan (lo del curso de la naturaleza no va muy con ellos) y la cosa se alarga más de la cuenta, cesárea que te viene encima. Así, el parto de natural no tuvo nada; mi marido se tuvo que quedar fuera, y una vez nacido el niño, se lo llevaron de mi lado, tardando angustiosísimas horas hasta que, por fin, me dejaron tenerlo entre mis brazos.

La pequeña gran suerte que tuve es que por lo menos el hospital había dejado que las maravillosas chicas de la liga de la leche pudieran estar presentes en él; así, gracias a su ayuda, puede amamantar con tranquilidad a  nuestro recién nacido.

Una vez en casa, a pesar de que la recuperación no es tan rápida como el mundo se imagina, ver a nuestro tesoro con nosotros, nuevamente, hacía que todo lo negativo pasará a un segundo plano.

A nivel económico íbamos justísimos, pero lo peor estaba por llegar. Cuando el niño cumplió un anito, mi marido dejó de ser panadero (la crisis hace que puedas encontrar en el Mercadona de turno, cuatro barras de algo parecido a un pan por un euro), aunque por suerte, el sí que tuvo paro y entre eso y la ayuda de nuestras familias fuimos tirando.

Creo recordar que era Moneo quien le daba gracias a Dios por dejarle “ver el mundo con ojos de arquitecto”. Pues bien, entendiendo perfectamente la idea de la frase; pero, yo no creo que sea tan bueno si en vez de ser arquitecto, arquitecto de renombre, eres arquitecta, arquitecta de batalla. Me explico; desde el propio embarazo, hasta el paritorio, comentado líneas arriba, hasta la ciudad hostil en la que vivo, pensada y diseñada por una sociedad patriarcal, no dejan muchos rastros de amabilidad. En estas urbes, lo principal ha sido  que el hombre llegará rapidito en coche al trabajo y temas fundamentales como  los espacios para los niños no se cuidaron ni lo más mínimo.

Si no han llevado un carrito con un bebé durante horas, les recomiendo que hagan la prueba para ver la cantidad de estrechas aceras que nos rodean, la infinidad de bordillos que dificultan nuestra movilidad, la intranquilidad que generan ciertas zonas si no eres un  hombre joven y fuerte, lo que cuesta encontrar unos columpios en condiciones (no les digo nada cuando llega el invierno y no hay ni uno cubierto), y así decenas de temas que tan bien denuncia Francesco Tonucci en su maravillosa Ciudad de los niños.

Porque, si algo tengo claro después de mi propia experiencia es que, un colectivo que no valora a los más jóvenes, tiene mucho que aprender; que una sociedad que no cuida el momento más importante de cada ser humano, su propio nacimiento, está más enferma que nunca; y que unos políticos e inmobiliarios que han construido una ciudad para el automóvil, en vez de para las personas, no merecen nuestra confianza.

Aun con todo, no piensen que abandoné la arquitectura, tarde o temprano, volveré a ella, aun si cabe con más ganas que nunca. Incluso, no descarto volver a ser madre; sí ya sé que soy una ilusa, pero, todavía tengo la sensación de que, a pesar de todo, puedo devolver a la vida más vida.

De hecho, solo con mirar a los ojos a nuestro angelito, sé que habrá un mañana mejor y que, tarde o temprano, también yo daré gracias a Dios por mirar al mundo con ojos de arquitecta; eso sí, arquitecta de batalla.”

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– Carta de un arquitecto cabreado, AQUÍ.

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5 COMENTARIOS
  1. @estudioatope

    Un post de 2014… y seguimos. Me ha encantado leeros. Besos

  2. Arquitectucho

    Como compañero y con los tiempos que corren y con la profesión en decadencia extrema. Mi más sincera solidaridad para todas aquellas Arquitectas y que además son mamás. Sin duda creo q no merece la pena luchar contracorriente. Es más siendo hombre y padre muchas veces mirando al futuro, no veo lo q me gustaría. Un abrazo a todas, ya sabéis q primero somos padres y personas.

  3. Patricia Terrazas

    La realidad se complejiza cuando además de ser una “arquitecta de batalla”, vives en un país ajeno al tuyo; cuando los trabajos que ocasionalmente te llegan, nunca son la oportunidad esperada -parece que el término de “buen diseño” está asociado a arquetipos masculinos-; cuando con desenfrenada pasión aristofílica, los últimos 14 años de tu vida te dedicaste solo a estudiar, analizar y descubrir que aún no inventamos esa ansiada ciudad en la que todos tengamos y seamos oportunidad para evolucionar con ella; para terminar, súmale a tu edad 20 años y que tu hijo te diga: quiero ser arquitecto….

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